Un regreso a los orígenes entre martillos y piedra
Durante las recientes fiestas patronales de Colmenar Viejo, el aire se llenó de un sonido que muchos creían perteneciente solo a los libros de historia: el golpe seco del martillo contra el puntero. No fue un acto aislado, sino el reencuentro de cuatro parejas de canteros que decidieron mostrar a sus vecinos cómo se trabaja el granito a mano, recuperando una práctica que durante décadas fue el verdadero motor económico de nuestro municipio.
Cientos de personas se acercaron a la plaza para ser testigos de una labor que exige mucho más que fuerza física. Se requiere una precisión milimétrica y un conocimiento profundo sobre cómo se comporta cada bloque de piedra. Lo que vimos fue mucho más que una exhibición de habilidad; fue un homenaje sentido a una profesión que definió la identidad y el sustento de tantas familias colmenareñas.
Historias de esfuerzo y aprendizaje temprano
Entre los protagonistas destacaba Pedro Rodríguez Tato, quien comenzó a aprender este oficio con apenas doce años. Su historia es la de muchos jóvenes de la época: salir de la escuela y entrar directamente como aprendiz, trabajando durante dos años sin cobrar solo para desvelar los secretos de la piedra. Pedro recuerda con crudeza aquellos tiempos, donde la piedra y la ganadería eran las dos grandes columnas vertebrales de la localidad.
El trabajo del cantero no entendía de calendarios ni de comodidades. Se laboraba todo el año, a la intemperie, soportando el calor asfixiante del verano y el frío penetrante del invierno. Pedro explica que las grandes heladas eran un enemigo formidable, ya que la piedra dejaba de responder y se volvía imposible de cortar correctamente. Era una vida de apuros y sacrificio, dependiente totalmente de las condiciones del material y del clima.
La técnica manual frente a la maquinaria
La demostración permitió a los asistentes observar una técnica que hoy resulta casi extinta frente a los sistemas mecanizados. El proceso es un ritual de precisión: comienza con el puntero para marcar las hendiduras, seguido por las engrabadoras que preparan las cuñeras. Finalmente, la presión de las cuñas provoca la rotura controlada del bloque. Como resume Pedro, hay que saber hacerlo, porque detrás de esos golpes aparentemente sencillos hay años de experiencia acumulada.
Otro de los grandes nombres presentes fue Antonio Hernán, conocido cariñosamente en Colmenar Viejo como El Picha. Con alrededor de cuatro décadas participando en estas muestras, Antonio recuerda cuando casi todos los vecinos eran albañiles o canteros. La piedra extraída aquí se llevaba a los talleres locales para ser labrada y enviada principalmente a la capital.
Colmenar Viejo construyó Madrid
Es impresionante pensar que la huella de nuestro municipio está grabada en el asfalto de la vecina capital. Antonio lo afirma con orgullo: todos los bordillos de Madrid se labraron aquí en Colmenar. Camiones cargados de piedra salían diariamente hacia la ciudad para construir viviendas, fachadas, chalés y obras públicas. La tradición canteril no solo moldeó nuestro pueblo, sino que ayudó a edificar gran parte de la infraestructura madrileña.
Esta exhibición, organizada por la Asociación de Canteros de Colmenar Viejo, cumple ya cuatro décadas de historia. Tomás, su presidente, señala que el objetivo es mantener viva esta seña de identidad para que las nuevas generaciones comprendan cómo se trabajaba antes de la llegada de la maquinaria moderna. Este año, además, se ha roto la barrera de afluencia de público, algo que la asociación celebra como un respaldo contundente a la memoria del municipio.
Un futuro para la tradición
Más allá del espectáculo visual de ver partir un bloque de granito, el evento tiene un profundo componente de memoria histórica. Hombres que empezaron siendo niños y trabajaron hasta la jubilación, o que compaginaron la cantería con otros empleos como el Canal, vuelven a la plaza para enseñar lo que aprendieron. Para la Asociación, esto no es solo conservar una actividad, sino reivindicar el valor de un oficio que construyó nuestro hogar.
Todo indica que los martillos volverán a sonar el próximo año. Mientras Tomás continúe al frente de la asociación, los canteros tienen la disposición de reunirse de nuevo. La piedra, al menos por un año más, ha vuelto a cobrar vida en Colmenar Viejo, recordándonos de dónde venimos y qué manos forjaron nuestro entorno.


