Cultura

Medio siglo de pasión en la escuela de toros de Colmenar Viejo

La Escuela José Cubero 'Yiyo' cumple 50 años formando toreros con disciplina, respeto y vocación en Colmenar Viejo.

Medio siglo de pasión en la escuela de toros de Colmenar Viejo

En las afueras de Madrid, pero muy cerca también del corazón de Colmenar Viejo, un lugar especial sigue latiendo con fuerza desde hace cincuenta años. La Escuela Taurina de Madrid, hoy conocida como Escuela José Cubero "Yiyo", celebra medio siglo de historia, sueños y entrega. Aquí, donde todo empezó con un simple "va vaca" en una plaza de tientas improvisada, se ha forjado una tradición viva que trasciende el toreo y se convierte en forma de vida.

Un grito que marcó el inicio

Todo comenzó en octubre de 1976, un domingo cualquiera que no lo fue tanto. En la Casa de Campo, la voz de Enrique Martín Arranz rompió el silencio con una llamada aparentemente sencilla, pero que encendió una chispa destinada a durar décadas. Ese "va vaca" no era solo una orden, era el pistoletazo de salida de una pedagogía única, basada en el compromiso diario, el esfuerzo y el coraje. Desde entonces, la escuela ha sido mucho más que un lugar para aprender a torear: es una fábrica de carácter, donde los jóvenes aprenden a enfrentarse al miedo, al error y a sí mismos.

El legado de Yiyo, vivo en cada paso

El nombre de José Cubero "Yiyo" no es un homenaje cualquiera. Es un recordatorio constante de lo que esta escuela representa. Aquel joven torero, que perdió la vida a los 21 años en la plaza de toros de Colmenar Viejo, se convirtió en símbolo de entrega absoluta. Hoy, su nombre ondea en el cartel que aún se conserva en el recinto: "Llegar a ser figura del toreo es un milagro, el toro te puede quitar la vida, la gloria, jamás". Palabras que no solo recuerdan el riesgo, sino la verdadera esencia de esta vocación.

Una escuela que forma personas

En El Batán, como se conoce familiarmente al recinto, la vida sigue con una normalidad que desarma. Mientras fuera se debaten teorías y políticas, dentro reina la rutina del entrenamiento, el respeto mutuo y la convivencia. Los alumnos, muchos de ellos apenas niños de nueve o diez años, entran con una determinación que no necesitan explicar. "Porque es mi pasión", dice uno. Otro calla, pero su mirada lo dice todo. Aquí no hay discursos, solo convicción.

El director Fernando Robleño, exmatador y alma de la escuela, lo tiene claro: prohibir a un chico con vocación es hacerle daño. La escuela no fabrica toreros en serie, sino que acompaña trayectorias. Junto a profesores como Sergio Aguilar, Carla Otero o Agustín Serrano, se construye una formación integral: técnica, física, cultural y humana. Se aprende a caer, a levantarse, a respetar. Y eso, aseguran, sirve para toda la vida.

Un futuro con raíces

Hoy, la escuela sigue abriendo sus puertas. Con más recursos, más oportunidades y una proyección profesional sin precedentes, mantiene intacto el espíritu de sus orígenes. Alumnos de España, México, Francia o Venezuela comparten el mismo patio, el mismo sueño. Y cada tarde, como hace cincuenta años, los chicos cruzan el umbral con una certeza en el pecho: aquí no solo aprenden a torear. Aquí aprenden a vivir.